jueves, 17 de julio de 2008

Trabajo Final 4

“Volviendo al Inicio”

Comencé este escrito con una serie de palabras en mi mente, palabras que fueron apareciendo luego de cada seminario, luego de pensar sobre lo que me pasó con este curso. La imagen que tenía era la de un verdadero crucigrama.

Luego, empecé a unir estas palabras, a pensar en ellas, a viajar con ellas. Fue así como me encontré con una serie de preguntas y con la necesidad de comenzar un viaje por mi historia. Fueron estas preguntas las que me llevaron a mi inicio como terapeuta, al inicio de mi práctica clínica.
Entre los cuestionamientos que me he hecho durante estos meses están: ¿cómo llegué a esto?, ¿qué me motivó a dedicarme a la práctica clínica?, ¿qué busco?, ¿qué hago cuando estoy frente a un paciente? ¿qué ideas pre-concebidas hay a la base de mis intervenciones? ¿qué me hace dudar?, ¿cuál es mi relación con el poder? (2)…
En fin, son miles de preguntas que he necesitado ir contestándome para llegar al presente, para tomar conciencia de mí y para comenzar a “responsabilizarme” de mi quehacer clínico. Para “responsabilizarme” como lo entiendo ahora, es decir: tratando de saber quién soy, de identificar qué me pasa con cada persona que tengo al frente, entendiendo que siento, que me afecto. Asumiendo que para hacer psicoterapia (4) no basta con revisar libros y teorías, tener una cierta cantidad de horas de atención de pacientes, horas de supervisión y horas de terapia como lo plantea la Comisión de Acreditación de Psicólogos Clínicos de Chile. Hoy creo que se necesita de un cuestionamiento constante, de un descubrir y de un preguntarse constantemente.
Es precisamente en este preguntarse y en este “volver al inicio” donde encuentro mi cercanía con el psicoanálisis (6). Es desde esta visión que me acerco a las personas que recibo en la consulta, es reconstruyendo la historia, identificando aquellos acontecimientos significativos, es revelando aquellos puntos ciegos como yo logro entender el presente.
Es por esto que aquí intentaré hacer una revisión de mi historia, de aquellos acontecimientos y decisiones que me llevaron a escoger la clínica (8). Considero que esta es la principal pregunta que me surgió durante este curso, la pregunta sobre “mi inicio” y aquí pretendo dar luces de su respuesta.
Comencé a estudiar psicología sin mucha claridad, aunque me avergüenzo un poco, mis consignas en ese entonces eran: “para ayudar a la gente”, “para entender al ser humano”. Ahora, con algunos años de reflexión en terapia, puedo comprender que mis motivaciones más íntimas eran “para ayudar a mí gente”, “para entender a mí gente” (apuntando con esto a temas familiares).
Luego de unos años en la universidad comprendí que mi inclinación y mis consignas iniciales apuntaban al área de la psicología clínica. Sin embargo, no fue solo esto lo que me hizo decidir, sino que además mi elección se respaldaba en que para mí era “mejor la especialidad clínica que las otras (organizacional y educacional) era más interesante, más verdadera, más profunda. Es aquí, a mi pesar, donde reconozco el poder como uno de los motivadores de mi elección.
Después de un tiempo comencé mi pre-práctica clínica, llegué por fin a “atender pacientes”. Por el interés que despertaba en mí el psicoanálisis, opté por la supervisión lacaniana, única posibilidad que había para acercarse a la práctica clínica desde esta teoría (10).
Este interés por el psicoanálisis se fundamentaba además en la idea que yo tenía sobre que ésta era “la visión verdadera, la teoría que me llevaría a saber la verdad (7), la única verdad, que me proporcionaría la visión más profunda y la más completa”. Hoy entiendo que a la base de mi decisión había nuevamente una visión positivista (12) y objetivista de los fenómenos. Nunca lo había visto así, fue este curso el que me hizo llegar a esta conclusión, llegar a esta respuesta.
Hasta aquí reconozco, como parte de mis motivadores para elegir la clínica, rasgos de soberbia (9), superioridad y poder. Esto que veía tan claramente en los otros, aquellos seguidores de Lacan que conocí en este momento de mi vida, también existía en mí. Yo era muy crítica de las otras teorías, encontraba que estaban equivocadas, que eran superficiales, contrarias a la verdad. Nada de esto era muy explícito, era más bien un pensamiento íntimo, que solo existía para mí y los más cercanos. A pesar de que hoy esto me avergüenza un poco reconozco que fue mi proceso, mi forma de llegar hasta aquí. Estas son las respuestas que he encontrado con esta reflexión, pretendo hacerme cargo de ellas.
Fue así como llegué al encuentro de mis primeros pacientes. Con mucho susto e inseguridad, creyendo que existía una única forma de entender los fenómenos, una única forma de acceder a “la verdad”. Me sentía confundida en la escena clínica, tenía la impresión que debía adoptar un “papel de terapeuta”, papel que se caracterizaba por ser frío, distante, neutral y rígido. Donde no debía involucrarme “como persona”, solo debía estar allí como “terapeuta”. Hoy me pregunto ¿qué es eso?, ¿cómo podría lograrse algo así?.
Estaba confundida, este papel no me acomodaba, me sentía poco acogedora, centrada en mí y muy distante de la persona que tenía al frente. Además, esto era contrario a lo que yo sentía como paciente, experiencia que llevaba experimentando hace un año. Hoy creo que fue justamente esta experiencia la que me enseñó “otra forma”, o mejor dicho “la única forma”, pues hasta aquí yo sentía que sólo se hablaba de teoría, pero nada de práctica, nada del cómo hacer. Peor aún, sentía que no entendía nada de esa teoría que la mayoría alababa y que encontraba tan interesante.
De esta manera, llegué al final de mi formación académica. Luego de esta experiencia hice mi práctica profesional. Práctica que no fue tan guiada desde lo teórico, ya que se respetaban las distintas teorías como diferentes posibilidades de abordar el ámbito clínico. Aquí conocí otras formas de afrontar la psicoterapia, aprendí a respetar las distintas visiones, a escuchar y a escucharme más. Si bien, el psicoanálisis seguía haciéndome sentido para entender y explicar los fenómenos humanos, entendía que había varias formas de abordar la clínica desde esta visión. Esto me tranquilizó y reafirmó en mi decisión de dedicarme a la psicoterapia.
Durante este período enfrenté la clínica un poco más tranquila, el fantasma de la neutralidad (5) y la distancia estaba presente, pero no tan cercano. Esto me permitió ser más “yo”, cometer algunos “pecados (11) clínicos” como por ejemplo: reírme, hablar, ser directiva a veces, aceptar regalos, ser espontánea. Todas estas situaciones las vivía con culpa, pues era contrario a lo que había interiorizado en mi primera formación.
Si bien algunas situaciones fueron cambiando al momento de abordar la psicoterapia, hay algo que permanecía en mí. Creía que debía “convencer” a la persona que tenía al frente, que debía descubrir qué era lo que le ocurría y llevarla al reconocimiento de ello. Hoy comprendo que esto era poco respetuoso, pues muchas veces creí poseer la verdad sobre el otro, esto pese a que muchas veces estudié que “el único que sabía lo que le pasaba era el paciente”. Sin embargo, esta fue una de tantas premisas que quedaron en algún lugar de mí, pero que no tuvieron el suficiente análisis, hasta ahora.
Luego de esto me titulé y comencé a trabajar en el ámbito escolar. No obstante, para estar cerca de lo que considero me apasiona comencé a atender pacientes en una pasantía del consultorio de mi universidad, actividad que realizo hasta hoy. Considero que esta ha sido una experiencia enriquecedora, reparadora, las personas que trabajan conmigo y que me supervisan poseen una formación sistémica. Siento que he crecido y madurado en este lugar, que he ido encontrando mi estilo, adaptándome a lo que soy, aceptando y queriendo “lo que hay”.
De esta manera he llegado hasta aquí, con estas creencias, con estos lentes y formas de entender el mundo, de entender los fenómenos, de enfrentar la psicoterapia. Llegué a este postítulo para adquirir “teoría y práctica”, complemento que considero siempre me ha faltado. Me enfrenté la primera vez a este curso de epistemología creyendo que sería un viaje sobre las distintas teorías, pero me encontré con un viaje hacia mis prejuicios (1), mis rigideces, mis puntos ciegos, mi historia.
En principio esto no fue agradable, me provocó rabia, vergüenza, confusión, sentí que no sabía nada, que lo había entendido todo al revés, me cuestioné todo. Había días en que todo lo que se planteaba en el seminario era fantástico y otros en que todo me parecía absurdo. Pero lo más importante es que este curso me permitió hacer esta reflexión, me permitió pensar, por primera vez, en mi forma de enfrentar la clínica. No en “teorías”, sino en mi forma, con lo que traigo, con mis temores, con mis dudas, con todo lo que soy… eso me parece fantástico.
Así también, me permitió cuestionar aquellas ideas que parecían parte de mi ser, aceptadas en el pasado sin haber hecho un análisis real, sincero, ético. Hoy creo tener mayor claridad respecto a mi forma de hacer psicoterapia, me siento más atenta y con mayores recursos para no ejercer siempre aquel “poder” que me ha servido, en muchas ocasiones, para esconder y no asumir mis inseguridades y debilidades en el ámbito clínico. Y si lo hago, me siento más preparada para verlo y hacerme cargo de ello.
Tengo la sensación de estar iniciando un camino, una nueva forma de entender la vida, los fenómenos, la clínica. Tengo la impresión de haber encontrado muchas puertas que llevan afuera.
La teoría intersubjetiva (2) ha sido una de estas puertas, me ha parecido muy interesante, sobre todo en la práctica. Pienso que se ajusta más a mi estilo, me parece una forma sencilla, respetuosa de enfrentar la clínica, una forma que obliga a estar allí, a ser consiente de lo que uno es en cada momento y de tener en cuenta que uno se afecta y afecta al otro en la escena clínica.
He reflexionado también en torno a lo esencial que es hacerse una terapia. No solo lo pienso, sino que también así lo he vivido. Tengo la impresión que el trabajo que he realizado durante algunos años como paciente me ha permitido llegar acá. Siento que mi terapia ha sido parte de mi formación, de mi proceso. Me ha permitido aceptarme, entenderme, abordar las miles de preguntas que durante este viaje han aparecido.
No quiero terminar esta reflexión dando respuestas definitivas a las preguntas que me planteé en un principio, sino sólo quiero pensar que estas preguntas son una invitación a un viaje distinto, a un viaje más claro, a un viaje que emprendo con lentes que me permiten ver con mayor nitidez el paisaje.

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